Espectro de Letras presenta: DEMASIADO TARDE

Published On 13 abril, 2014 | By Renderer | Blogs, Espectro de Letras, Slide

Desde que robó un maletín con 100 mil dólares no podía dormir por las noches. Igual que en las últimas semanas se despertó de golpe. La noche era un estanque de sangre negra. Contra su pecho, custodiado por sus brazos, sentía el maletín como un pedazo de metal caliente. Volvió a ese juego imbécil de apretar los ojos, respirar profundo, pero sentía una asfixia da ataúd.

Entonces se levantó. Caminó unos pasos hacia la ventana sin que su mano derecha dejara de aferrarse al maletín. La calle era el rostro de una puta entrada en años: cicatrices en la piel, en el asfalto, apenas disimuladas por la luz ámbar de un poste. Entre esa negrura sorda, casi irreal, distinguió una figura, acercándose a donde caía la luz.

Era un hombre, quizá tan flaco como él mismo. Se veía crispado, resoplaba y parecía ocultar algo debajo de una gabardina de cuero. Torpemente, tal vez borracho, rebuscaba en los bolsillos. Jadeaba. Hundía una mano que no hallaba nada.  La otra. Volvía a resoplar.

Dejó el maletín en el piso para mirar mejor. Sus dedos entreabrieron las persianas y el hombre dio unos pasos hacia adelante. Se detuvo y volteó la cabeza bruscamente para ver atrás. No lo dejaba ese respirar furioso, como dirigido por los golpes de un tambor.

Algo escondía debajo de la gabardina. No pudo distinguir el tamaño de aquel secreto nervioso. Cuando el hombre reinició su marcha se oyó el rechinar de unas llantas. La noche seguía allí afuera con su flotar caluroso y fantasmal.

Desde la ventana vio una camioneta que avanzaba rápidamente hacia el hombre.  Impulsivo e idiota como era, abrió la ventana y le gritó “¡aguas, cabrón!”, pero apenas pudo correr unos metros hasta que las puertas abiertas de la camioneta y los tres sujetos lo acorralaron.

Algo le dijeron antes de dispararle. Unas tras otras, las detonaciones rompieron el silencio como si fuera de cristal, iluminando el cuerpo inerte de la víctima a cada fogonazo. El cuerpo brincaba un poco al recibir los balazos.  Algo le quitaron de debajo de la gabardina, pero ya no pudo saberlo porque bajó los cinco pisos del departamento.

Pensó que algo podría hacer. Llamar a una ambulancia. Divisar entre la oscuridad las placas de la camioneta. Esperó unos minutos y abrió el cancel: no había rastro del cadáver. La calle parecía dormida bajo la humedad caliente de Acapulco.

Miró de un lado a otro. Caminó hasta la mancha pálida y ámbar bajo el poste de luz. Peinó con la mirada el lomo gris del asfalto pero no había nada. Pensó que sería la falta de sueño, que huía por las noches desde que se robó el maletín con 100 mil dólares.

Supo lo que había ocurrido hasta que sintió el maletín debajo de la gabardina, hasta que oyó el rechinar de unas llantas, los gritos de un hombre desde el quinto piso, “¡aguas, cabrón!”, pero ya era demasiado tarde.

J.A Nieto

 

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